Pensar en lo que piensan los demás: Una habilidad humana... ¿o no tanto?
Artículo basado en el libro: "Primates y Filósofos: La evolución de la moral del simio al hombre" Frans De Waal.
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¿Cuándo empezamos a desarrollar nuestra mente individual? Cualquiera que haya estado con un bebe podría considerar esta pregunta superflua, es evidente que a los pocos meses, los seres humanos somos capaces de reconocer caras, expresiones emocionales o voces; sin embargo, esto no significa que seamos conscientes de nuestra mente. En tan tiernas edades, aunque tengamos diversas capacidades cognitivas desarrolladas (y una mente), no diferenciamos nuestra mente de la mente de los demás. Esta incapacidad de diferenciar lo que acontece en nuestra mente en comparación con lo que ocurre en las de los demás, es una característica intrínseca de los menores de 3-4 años. La capacidad recibe el nombre de teoría de la mente y se basa en la habilidad de comprender que otras personas tienen pensamientos, creencias, deseos, intenciones y emociones propias, diferentes de las nuestras, y que esas representaciones mentales pueden guiar el comportamiento de los demás. Pero, ¿somos los únicos que hemos desarrollado la teoría de la mente? Veámoslo.
Para empezar es necesario entender que la teoría de la mente se desarrolla de un forma gradual, a lo largo de diferentes etapas. En la primera etapa (0-12 meses) desarrollamos una comprensión temprana de las intenciones. Si el bebe ve a un adulto intentando alcanzar un objeto, sabrá que el adulto quiere ese objeto. Del mismo modo, en esta época también se desarrolla el seguimiento de la mirada, en dónde el bebe trata de seguir las miradas de los adultos, ya que entiende que tiene un foco de atención diferente al de los demás. Estas habilidades no demuestran una teoría de la mente, pero sí son precursores sociales muy importantes. En la segunda etapa (18-24 meses) se da la comprensión de los deseos ajenos, en el que los niños empiezan a entender que otros pueden tener deseos diferentes a los suyos. Un experimento típico que demuestra esta comprensión de deseos, se basa en mostrarle al niño una galleta y un trozo de brócoli (por ejemplo), luego un adulto deberá mostrar agrado e interés por el brócoli, para después pedirle al niño que le pase uno de los alimentos. Si el niño comprende los deseos del adulto, le pasará el brócoli, mientras que si aun piensa que todos muestran sus mismos deseos, entonces le pasará la galleta. Esto siempre y cuando al niño le gusten más las galletas que el brócoli. En la tercera etapa (3 años) los niños comprenden que las personas tienen creencias sobre el mundo, pero todavía no pueden entender que esas creencias sean falsas. Creen que si ellos saben algo, los demás también deben saberlo. Finalmente llegamos a la cuarta etapa (alrededor de los 4 años) en la que los niños desarrollan la comprensión de las creencias falsas. Para poder observar si un niño ha alcanzado esta etapa (desarrollando la teoría de la mente), se suele realizar el experimento de Sally-Anne. En este experimento, Sally, una adulta, coloca una canica u otro objeto en una de las dos cajas que se encuentran enfrente de Anne (otra adulta), y luego abandona la habitación. Anne cambia la canica de caja ante la atenta mirada del niño sujeto a la experimentación. Cuando Sally vuelva, se le preguntará al niño, “¿En qué caja buscará Sally la canica?”. Si el niño comprende que Sally tiene una creencia falsa, ya que no ha visto cómo la canica se cambiaba de caja, responderá que en la primera caja, demostrando el desarrollo de la teoría de la mente. Sin embargo, en caso de que responda que Sally buscará la canica en la segunda caja (en donde está en realidad) es porque todavía no es capaz de representar la mente de otra persona separada de la suya.


Representación del experimento de Sally-Anne (Fuente: Wikipedia)
Por lo tanto, aunque es verdad que a los pocos meses de nacer ya disponemos de una serie de herramientas cognitivas que nos permiten captar las intenciones o deseos de los demás como distintos a los nuestros, no es hasta los 3-4 años que somos capaces de entender nuestra mente (y la del resto) como algo totalmente individual. Ahora bien, ¿esta capacidad la han desarrollado otros animales, o es exclusivamente humana? A la hora de investigar esta psicología animal o etología, nos hemos centrado en los primates, las especies evolutivamente más próximas a nosotros, que también somos primates, pero existen ciertas complicaciones. En primer lugar, aunque un gran porcentaje de científicos ha llegado a la conclusión de que los primates carecen de teoría de la mente, en este campo es imposible interpretar los resultados negativos. La falta de pruebas no es una prueba de que algo falte. Es posible que los experimentos realizados no hayan funcionado por razones que no tienen nada que ver con si el primate investigado tiene o no tiene teoría de la mente. Por ejemplo, al comparar simios con niños, el responsable del experimento siempre será humano, por lo que solo los simios deberán experimentar una barrera entre especies. Piensa que para los simios en cautividad, que suelen ser con los que se hacen estos experimentos, sus cuidadores deben ser seres todopoderosos y omniscientes. Por ejemplo, si uno de los simios se hace una herida, el cuidador llamará al veterinario para que lo atienda. En esos casos, los chimpancés deberán notar con cierta frecuencia que el veterinario sabe lo que ha pasado antes de haberlo visto. Por estos motivos, la participación humana como aspecto central de la investigación de la teoría de la mente es inherentemente inadecuada.
Hasta el momento, todo lo que han conseguido los experimentos llevados a cabo ha sido poner a prueba la teoría sobre la mente humana que tienen otros simios; mientras que lo que se debe hacer es mejorar nuestra comprensión de la teoría que los simios tienen sobre otros simios. De hecho, al eliminar al experimentador humano, los expertos en cognición comparada Brian Hare y Michael Tomasello, descubrieron que los chimpancés si tenían algo similar a una teoría de la mente. El experimento sería algo como lo siguiente: 2 chimpancés son situados en un recinto para competir por comida. Uno de ellos es dominante y el otro es subordinado. Una parte de la comida estaría colocada de modo que el subordinado pudiese verla, pero el dominante no. El resultado fue que el subordinado prefirió ir a por la comida que el dominante no pudo ver, evitando la comida visible para ambos y demostrando que el chimpancé subordinado sabía que disponía de una información que el dominante no tenía. Esto demuestra que los primates tienen una forma limitada pero funcional de teoría de la mente. Además, otros experimentadores como Kuroshima y sus colaboradores, observaron como los monos capuchinos preferían interaccionar con personas en función de su forma de ser, evaluando su comportamiento social. El experimento sería algo como esto: El mono capuchino actuaba como observador de dos situaciones distintas; en la primera, un actor humano tenía una cantidad de comida y la compartía de forma equitativa con otro actor humano; en la segunda, la repartición se realizaba de forma injusta y desigual. Resulta que los monos capuchinos preferían interactuar con el sujeto justo de la primera situación y evitaban y desconfiaban del actor injusto, infiriendo intenciones básicas como “este reparte” vs “este es egoísta”. Lógicamente, esto no demuestra que sean capaces de comprender las creencias falsas, pero sí que demuestra una comprensión de intenciones y una anticipación del comportamiento de otros según su historial, por no hablar de un mecanismo simple de evaluación moral.


Diseño del experimento de Brian Hare y Michael Tomasello (Fuente: ResearchGate)
También podemos mencionar el experimento de Menzel sobre la intersubjetividad entre primates, en donde se situaba a un grupo de chimpancés en el interior de un recinto donde había comida escondida. No obstante, uno de los chimpancés sí conocía el paradero de los manjares ocultos. En algunas ocasiones, el primate informado se dirigía directamente hacia la comida y el resto le seguía; pero en otras ocasiones, el chimpancé informado, consciente de que sabía algo que sus compañeros desconocían, esperaba y miraba a su compañeros haciendo señas para que le siguieran, demostrando una conciencia de lo que "el otro no sabe". Sin embargo, todos estos experimentos no son más que eso, experimentos, una modificación y compartimentación de la realidad en la que se trata de buscar respuestas preelaboradas. Por lo que la mejor forma de llegar a fondo de la inteligencia animal es mediante la observación en su entorno natural, o bien en un entorno en cautividad en el que la influencia externa (como la del experimento) esté minimizada. De hecho, en estos contextos, existen numerosos testimonios sobre la existencia de una teoría de la mente en los simios. Sin embargo, estos acontecimientos aislados, en ocasiones, son despreciativamente calificados de “anecdóticos”, pero lo cierto es que pueden resultar muy significativos. Después de todo, bastó con que un solo hombre fuese a la Luna para demostrar que el ser humano tenía la capacidad de ir a la Luna, ¿por qué no iba a ocurrir lo mismo con un primate que demuestre signos de presentar la teoría de la mente?
El famoso primatólogo escritor del libro en el que se basa este artículo, Frans de Waal, observó varias de estas situaciones “anecdóticas” mientras trabajaba con bonobos en el zoo de San Diego. Para empezar, el foso que rodea al cerco de los bonobos debe ser limpiado periódicamente para lo que suelen drenarlo, para su posterior limpieza y finalmente volver a llenarlo de agua. En una de las ocasiones en las que se realizaba este proceso, en el momento de ir a llenarlo de agua, Kokowet, el macho más viejo, se acercó a la ventana gritando y agitando enérgicamente los brazos, tratando de llamar la atención de los cuidadores. Varios de los jóvenes bonobos se habían introducido en el interior del foso seco tras ser drenado, pero ahora no podían salir, y corrían el riesgo de morir ahogados, ya que los simios no saben nadar. Una década después, en el mismo recinto en el que se decidió dejar de llenar de agua el foso, se pusieron varias cadenas para que los bonobos pudieran bajar y subir. Cuando Vernon, el macho alfa, desaparecía en el interior del foso, un macho más joven, llamado Kalind, rápidamente tiraba hacia arriba de la cadena para que Vernon no pudiera subir. Kalin miraba a Vernon con la boca muy abierta y un gesto travieso en la cara mientras daba palmadas contra la pared del foso, una expresión equivalente a la risa humana. En muchas de las ocasiones en las que Kalind realizaba esta broma, la única adulta, Loretta, se apresuraba a devolver la cadena al foso para salvar a su compañero, y se quedaba vigilando hasta que Vernon salía.
En la primera situación, Kakowet se dio cuenta de que llenar el foso de agua con los jóvenes bonobos dentro no era una buena idea, aun cuando él no se veía afectado. Tanto Kalind como Loretta conocían la utilidad de la cadena para aquel que se encontraba en el fondo del foso, y actuaron en consecuencia, uno gastando una broma y la otra ayudando a la parte dependiente. Es evidente que los simios adoptan el punto de vista de sus congéneres en una especie de proto-teoría de la mente; sin embargo, el origen evolutivo de esta habilidad no debe buscarse en la competitividad social, sino en la necesidad de cooperar. En el centro de esta toma de perspectiva se encuentra el vínculo emocional entre individuos, sobre el cual la evolución construye manifestaciones más complejas como la evaluación del conocimiento y las intenciones del otro. Debido a esta conexión entre empatía y teoría de la mente, los bonobos son una especie crucial para las investigaciones futuras, dado que es posible que sean el simio más empático de todos (consultar artículo). Además, hay investigaciones que han revelado que los seres humanos y los bonobos compartimos un microsatélite (secuencias cortas de ADN repetidas en tándem) relacionado con la sociabilidad que está ausente en el chimpancé. Aunque esto no sea suficiente para decir cuál de nuestros parientes más próximos, si el bonobo o el chimpancé, se parecen más a nuestro ancestro común, sin lugar a dudas nos obliga a prestar atención a los bonobos como modelos de comportamiento social humano.
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